Ceci n'est pas...una vasija prehistórica
Del 2026-10-02 al 2026-11-01
Museo Etnográfico Jerónimo Molina de Jumilla
René Magritte en su cuadro de 1929 titulado "La traición de las imágenes", representa una pipa y escribe debajo. “Ceci n’est pas une pipe” y así, haciendo uso de la ironía y el humor, Magritte dinamita los conceptos tradicionales de significante y significado, cuestionando por un lado la relación de la palabra con su imagen y por otro la del objeto y su representación.
Desde 2014 hasta este año el “Col.lectiu TPK” formado por Xaro Castillo y Agustín Fructuoso en colaboración con el Museo de l’Hospitalet han puesto a diferentes artistas contemporáneos en relación con una pieza de dicho museo. Nuestro Museo de Etnografía y Ciencias de la Naturaleza Jerónimo Molina de Jumilla desde el año 2021 se une a esta tradición y a elección del director del museo nos propone por sexta vez una pieza de su colección, en este caso una vasija o cuenco prehistórico encontrado en la Cueva de los Tiestos de Jumilla.
En esta sexta edición de “Ceci n’est pas...una vasija prehistórica” contamos con algunos artistas que ya participaron el año pasado y con otros nuevos, todos ellos han aceptado el reto propuesto por el director del Museo, de hacer una obra que “dialogara” con esta pieza. Hemos de recordar con cariño a Daniel Aixelà, Nico Bouselles y Josep Maria Ferrer que ya no están entre nosotros pero a los que continuamos admirando y agradeciendo su participación en otras ediciones de este proyecto, permaneciendo vivos en nuestro recuerdo a través de sus obras.
Como otros años los artistas exponen una obra que no pretende representar realísticamente esta peculiar pieza sino evocarla de alguna forma, reflexionar sobre el pensamiento creativo o divergente y cómo a través del arte, unir ideas, formas y cosas que a primera vista no tienen ninguna relación.
Este “diálogo” visual de los artistas con esta vasija origina unas obras de lo mas dispares, aunque en todas ellas se evoca e intuye el denominador común del significado, forma y color de esta fantástica pieza.
Damos las gracias al Ayuntamiento de Jumilla, a la Concejalía de Cultura y al Director del Museo por darnos la oportunidad de utilizar la Sala de Usos Múltiples y esperamos que esta exposición contribuya a que el espectador disfrute de las sugerencias que cada artista expone más allá de la habilidad de reproducir un objeto tal como se ofrece a la vista.
Carmen Marcos
La iniciativa Ceci n’est pas une… cumple seis ediciones. Para esta ocasión se ha propuesto una pieza verdaderamente excepcional, tanto por su presencia como objeto y su antigüedad, como por el valor simbólico de su decoración. Es posible que no haya nada comparable en Jumilla desde un punto de vista arqueológico a esta urna funeraria del Eneolítico, a pesar de que la pieza retenga una buena parte de su misterio. Los artistas participantes no han sido remisos a la singularidad de la vasija encontrada en la Cueva de los Tiestos y se han dejado llevar por sus características formales y semióticas.
Hay que aclarar aquí que durante el proceso creativo ningún artista estableció contacto con otro para comentar el desarrollo de su obra, por lo que las coincidencias derivan de las cualidades del objeto propuesto. Antes de hacer un comentario pormenorizado de las piezas que se exhiben, vamos a destacar pues algunos temas que parecen repetirse en las obras. En primer lugar, la textura tosca, rugosa, del material cerámico, ha inspirado numerosos trabajos, de manera más o menos evidente (ahí están las investigaciones de Laly Martínez, Bartolomé Medina, Jesús Moreno, Francisco Tárraga o Rafael Torres); en segundo lugar, la fragmentación y recomposición de la pieza se ha tratado desde un punto de vista formal (véase Antonia Fernández, Cali Gil o Joaquina Sánchez-Dato), pero también simbólico, con un fuerte componente antropológico y psicológico, como es el caso de Carmen Marcos, Paz Miñano o el citado Rafael Torres.
A nadie escapa, en este último sentido, que la vasija es una urna funeraria que contuvo en su momento restos incinerados y que fue desmembrada por los avatares del tiempo. También, de forma muy notoria, el principal motivo decorativo de la pieza, los triángulos en óxido de hierro, ha generado múltiples interpretaciones, estrictamente formales, como en el caso de María Bernal, Josep M. Talavera y la citada Antonia Fernández, pero también simbólicas –pensemos en la simbología femenina del triángulo- dando pie a interpretaciones muy distintas en manos de Paqui Mateo, Adelaida Murillo, la citada Carmen Marcos o José Manuel Saiz.
Hay dos temas que han intrigado a varios autores, el carácter ritual, escatológico o espiritual de la pieza, su pervivencia temporal y la voluntad de acceso al Más Allá, (como se aprecia en Julia Lorenzo y Paqui Mateo) y, asociado a este, la metáfora de la primavera, del renacer de la vida, en este o en otro tiempo, que vemos claramente en Ángeles Sáez y Miguel G. Carmona, pero también la referencia a un tiempo propio, autobiográfico, que está presente en Reme Domingo o Francisco Tárraga. Por último, la presencia del objeto como contenedor ha inspirado a M. Cruz Trigueros y Bartolomé Medina.
María Bernal nos presenta uno de sus collages de gran tamaño inspirados en la figura del triángulo. Sabemos desde siempre que el triángulo tiene un componente esotérico o alquímico, asociado a una puerta a otra concepción del espacio o la realidad; es muy posible que los artífices de esta singular pieza que es esta urna funeraria de referencia tuvieran en cuenta ese sentido dentro de su mundo simbólico. Bernal remite a ese sentido misterioso y desaparecido del que solo nos pueden llegar referencias difusas usando la figura del fuego, esencial también en la generación de una vasija de cerámica.
En una pieza de delicada y medida sutileza y elegancia, Reme Domingo nos acerca a ese mundo íntimo de los objetos de la memoria, asociados aquí a significados autobiográficos, a la infancia. Al igual que los viejos árboles que hunden sus raíces en la tierra, esta urna ha permanecido en el interior de una gruta durante milenios, guardando susurros y canciones quedas de un tiempo remoto. El uso por parte de Reme Domingo del textil –palmera, morera- o el papel artesanal traslúcido parece traernos los ecos perdidos de nuestros ancestros. Nada permanece, todo fluye.
Antonia Fernández profundiza en su estudio formal de los elementos geométricos con referencias al Cubismo analítico, al Constructivismo Ruso o al Futurismo. Resulta muy sugerente ese salto temporal desde los albores de la creación humana a las vanguardias Históricas de inicios del siglo XX. Tres conceptos enriquecen la obra: la idea del reflejo (el propio cristal que protege a la urna), la repetición constante el motivo del triángulo, y la fragmentación y posterior recomposición de la vasija misma. Un trabajo de grandes dimensiones en acrílico con fértiles referencias plásticas y semióticas que incorpora precisas texturas en referencia a la superficie irregular de la urna de referencia. Este estudio en ocres y verdes con luces que parecen estallar dentro recuerda por su rigor a las primeras creaciones cubistas de Picasso, Braque o Marcel Duchamp.
La obra de Miguel G. Carmona en mármol es de una solidez y presencia que nos desarma. Tres referencias cruzadas enriquecen su contenido conceptual. Por un lado, hay una analogía formal al pebetero funerario, con su llama eterna, por otra, la idea de la germinación, presente ya en el propio título, una primavera que es también llama y pasión naciente. Por último, la potente masa que recuerda la forma de la vasija, pero que no es hueca, en aparente contradicción, pero demostrando la carga, la plenitud de sentido trascendental de la pieza original. La superficie pulida del mármol veteado remite a su vez de forma clara a la textura y el color de la cerámica original.
Cali Gil, dentro de su experimentación con distintos materiales cerámicos, ha presentado una pieza que, como en anteriores ocasiones, puede ser interpretada como una narración. Tras crear la vasija con sus propias manos, la ha destruido y vuelto a componer en un ejercicio personal de Kintsugi. De esta manera, Cali Gil desarrolla un correlato de la propia trayectoria de la pieza propuesta, de manera que se resume en un trabajo de pocos meses la larga historia milenaria de la vasija eneolítica. Esta especie de doble de la urna original reproduce también los triángulos decorativos por toda la superficie del barro.
En una obra compleja, ambiciosa y de grandes dimensiones titulada Vuelo del Tiempo, Julia Lorenzo trabaja los temas de la memoria y el renacer de forma integrada. Como hemos dicho, son dos conceptos aparentemente antagónicos, pero presentes en esta vasija que nos ocupa; vemos la pervivencia temporal del objeto milenario y la esperanza de una nueva vida indeterminada que parece perseguir. Los paisajes de una gruta y un llano yermo viajan desde el pasado a través de un vuelo de golondrinas, mientras vemos una garza que (al igual que un fénix) se eleva sobre un paisaje densamente arbolado. La presencia contundente del círculo negro, que nos evoca las propuestas radicales de Anish Kapoor o de Kazimir Malévich, por citar solo dos, es la que reúne y da sentido al resto de imágenes, es la promesa de trascendencia y al a vez el vacío místico, que parecen concentrarse en el interior oscuro y misterioso de la vasija. La técnica es realista, depurada y minuciosa, sin renunciar a grandes superficies planas, pero tampoco a la pincelada primorosa y colorista.
Con sus Libretas locas, la comisaria Carmen Marcos, que a su vez expone como artista en la muestra, nos sumerge en su imaginario desenfadado a la vez que riguroso en el despojamiento de los vicios académicos en busca de la inmediatez, un proceso cada vez más depurado que viene aplicando a su extensa obra desde hace años. La autora ha elaborado un hermoso rompecabezas desplegable basado en la figura geométrica del triángulo. Lo curioso de este puzzle es que funciona como diario de artista, como estudio del cuerpo humano y como recordatorio, nada inocente, del contenido inicial de nuestra urna. Tres trazos, tres esquinas, y después… nada, nos advierte en este sentido el poema adjunto. Estamos ante una celebración de la vida y la libertad influida por la pintura postmoderna de los ochenta, una invitación al Carpe Diem que dialoga, incluso responde y reta, al inquietante objeto funerario desde el que se despliega el maravilloso caleidoscopio de desnudos.
Conservamos de la época prehistórica apenas unos pocos restos textiles, pero sabemos que los tejidos, y los telares tras la revolución neolítica, fueron comunes y usados con frecuencia. Durante siglos, el mundo del tejido y el mundo del barro cocido caminaron de la mano. Laly Martínez, artista experta en la preparación y el trenzado del esparto, lo sabe, y nos propone un delicioso juego entre materias (textil y barro) por un lado, y figuras geométricas y su significado vivencial, por otro. Las relaciones humanas y la religión se unen de forma irónica en la metáfora del triángulo imperfecto. La decoración de la urna que nos sirve de modelo no es exacta, sino irregular, pero eso no desarma su poder seductor; de igual forma, el desigual remate de estas tres vasijas de esparto de la autora no solo no las desvirtúa, sino muy al contrario, subraya ese aspecto fundamental del objeto hecho con las propias manos, como ya nos demostró el ensayista japonés Soetsu Yanagi. No cabe duda de que la autora nos recuerda una lección importante: no podemos perder el contacto con los materiales esenciales en esta época preñada de pantallas y de IA.
Paqui Mateo nos presenta una pequeña y deliciosa obra pintada con tinta de vino, material que es alimento y tintura al tiempo, sobre un humilde papel. Los tonos son discretos, en patrón bicromático y las líneas contundentes a la vez que libres. Pero si observamos con atención descubrimos oculto todo un homenaje al poder femenino de la creación de vida. Lo hace además glosando una de las múltiples simbologías del triángulo: los cuatro elementos de la alquimia (fuego, aire, agua y tierra). Un texto escrito nos habla de la madre, del equilibrio (otra simbología del triangulo) y de la procreación. El texto se inscribe en una forma almendrada que remite a las mandorlas místicas medievales, pero también a la vulva femenina. La autora ha conseguido integrar una sucesión múltiple de símbolos sin que la obra pierda unidad, coherencia y una serena belleza.
La obra de Bartolomé Medina, que escribe estas líneas, parte de una curiosa paradoja: la urna funeraria contiene y es contenida a su vez por una gruta, como en un juego de muñecas rusas, sin embargo, a pesar de ese ejercicio de doble introspección, la urna se orienta y depende de la apertura de la cueva como recuerdo de la luz o de lo trascendental. Los albores del pensamiento simbólico se encuentran encarnados en esta pieza de manera fascinante. La obra se ha trabajado con generosas texturas, como correlato de la tosquedad del objeto y del espacio donde fue encontrado, para reflejar después a través de sucesivas veladuras las tinieblas en las que siempre se encontró sumergido.
Paz Miñano explora también esa sucesión de matrioshkas que parece brindarnos la vasija prehistórica. Lo hace además recuperando la tradición del Arte Conceptual, en este caso con una cita a esa obra trascendental del Arte Povera italiano que es Metro cubico de infinito, de Michelángelo Pistoletto, de 1966, pero también su posterior Arquitectura del espejo. El concepto de trascendencia dentro de un espacio cerrado, de acceso a mundos aparentemente inalcanzables, es un tema que, como vemos, interesa mucho a los artistas que exponen, y que desvela parte del insondable misterio de esta vasija milenaria. La artista ha introducido una pirámide construida en madera (material cercano al barro) que es un comentario plástico de la decoración de círculos, pero también una metáfora en torno al equilibrio imposible en un mundo de reflejos especulares.
Jesús Moreno nos plantea por su parte una perspectiva inédita dentro de esta colectiva. Pone los ojos sobre los observadores, lo que convierte automáticamente la vasija prehistórica en lo que hoy es: una pieza de museo. Este ejercicio de realismo no elude, sin embargo, una invitación a la reflexión; las figuras humanas observan pensativas la pieza y sin embargo parecen encontrarse imbuidas por la misma, circunstancia que muestra plásticamente el artista mediante gruesa capas de pintura al óleo aplicada a espátula. Los tonos cenizosos, grisáceos, parecen acentuar el contenido no solo metafísico, sino directamente existencialista de la obra. Moreno parece negar los supuestos aspectos trascendentales que otros artistas han querido ver en la obra.
En una obra que enmarcamos en la estética de la figuración lírica, con un sustrato intimista centrado en la idea de la maternidad, Adelaida Murillo nos transporta a la imagen idealizada de una mujer embarazada “en espera”, esperanzada. Sus cabellos se difuminan en un fondo que recibe las influencias de la etapa rosa de Picasso y de sus mejores grabados, con unas suaves líneas curvas, estilizadas, sintéticas y seguras. Hay una mancha roja a la izquierda que parece caer del cuerpo de la mujer, pero el elemento más simbólico de la obra lo encarna el triángulo invertido frente al vientre materno, que parece equilibrar el resto de triángulos con la base asentada en la parte inferior. Con este triángulo la autora refiere el clásico significado femenino respecto a la masculinidad representada en los triángulos de la vasija original. No queremos olvidar tampoco el carácter de “matriz” que evoca toda vasija, incluida la que nos inspira.
En otra escuela de figuración lírica, caracterizada por forma sintéticas y planas en colores en equilibrado contraste armónico se sitúa la obra de Ángeles Sáez. El fondo de un verde apagado dialoga de forma delicada con el rosa pálido y el óxido de hierro de las formas vegetales, mientras que un halo de color turquesa acrecienta el sutil contraste. La composición es equilibrada, pero las siluetas curvas de los ramos le prestan un ligero movimiento. Es una obra intimista, por supuesto, y también una llamada a esa primavera esperanzada que anida en todo jarrón o vasija, una llamada al renacer vegetal que la urna funeraria parece escondernos. La propia urna aparece en sección, abierta como dos manos negras haciendo un cuenco.
La obra de José Manuel Sáiz, una impresión fotográfica de alta calidad, recupera el concepto de matriz femenina que es inherente al objeto, y del que hemos hablado. La piel de la modelo es morena, acentuada por los tonos bajos de la iluminación de estudio, a su vez, una luz lateral enaltece la textura del cuerpo, no solo sus curvas, sino los propios poros de la superficie. Para dejar todavía más clara la analogía, Sáiz ha querido tatuar digitalmente los triángulos de la vasija en la piel, de manera que, al ser triángulos masculinos, parece filtrarse un significado de posesión ritual que muy bien pudo estar también el contenido simbólico del objeto original. El fondo oscuro y las luces apagadas en claroscuro parecen también evocar la atmósfera de la gruta originaria.
Integrada plenamente dentro de un estilo muy definido enmarcado en la abstracción lírica, la obra múltiple de Joaquina Sánchez Dato nos trae a su terreno plástico uno de los temas fuertes de esta exposición: la reflexión en torno a la idea del fragmento, no solo como descomposición, sino más bien como contenedor de significados al ser reintegrado, como un conjunto de signos que al intercambiarse generan nuevos mensajes. Trece pequeñas piezas construyen este políptico entonado en suaves tonos tierra, ocre, siena tostada y azul ultramar, todo con una pincelada fresca, libre y a la vez delicada.
Cuando vemos las pinturas sobre seda de Josep M. Talavera como frescas teselas vistas a través de una superficie acuática, en colores saturados, sentimos esa sensación de movimiento ondulante que nos transmiten también los famosos cuadrados mágicos de Paul Klee. Estamos pues en una linde entre abstracción geométrico y abstracción lírica que conecta nuevamente de forma ingeniosa la tosca vasija creada en los albores del sentimiento artístico con la época más explosiva de la creación plástica a principios del siglo XX: Matisse, Delaunay, los Fauves, reflejados sobre el fondo de formas triangulares del cuenco de barro prehistórico.
El joven artista Francisco Tárraga se incorpora por primera vez a esta iniciativa con una obra contundente y una reinvención de la técnica del frottage con carboncillo. Sus telas están desprovistas de toda imprimación, permanecen desnudas, y no son telas cualesquiera, sino sábanas sobre las que su propio cuerpo ha descansado. El frottage acentúa la propia textura de las paredes de su dormitorio, para que no quede duda, una de las obras presentadas es un autorretrato. La conexión con la urna funeraria es sutil pero poderosa, es una recreación de la propia piel de la vasija como contenedor de restos humanos, arropando estética o ritualmente a esos hombres desaparecidos. Pieles en contacto con pieles, materiales crudos y a la vez muy íntimos en una obra cuya sinceridad autobiográfica y existencial nos desnuda por completo.
El tema del tiempo, de la memoria cambiante, de las formas que se disgregan, fragmentan y mutan, aparece en la obra de Rafael Torres; un estudio riguroso con implicaciones antropológicas en las que se aborda la identidad fragmentaria o en construcción. La obra de Torres se hace para contemplarla sin prisas, como una decantación geológica, las influencias del Expresionismo abstracto, sobre todo de Mark Rothko, se dejan notar en la intensidad de los colores, pero también en una potencia psicológica difícil de igualar. La conexión entre la urna funeraria como matriz y la psique como contenedor de sentido se hace aquí evidente.
Por último, nos acercamos a la obra de Mary Cruz Trigueros, que ahonda en la cualidad de contenedor, de aforo de objetos y sujetos, que nos sugiere la urna prehistórica. Mientras esta vasija se determina por una superficie opaca y cerrada, la obra que propone trigueros es abierta, la frontera entre interior y exterior se disipa, y podemos ver formas simbólicas encarnadas por piezas de cerámica. Nos da la clave un texto de Virginia Woolf, donde se narra una metamorfosis de dentro hacia afuera, de nuevo la dialéctica entre lo masculino y lo femenino, significados por los triángulos, se hace presente. También aparece la metáfora de la vasija como contenedor de la psique, de la identidad y el pensamiento.
Bartolomé Medina