El horizonte y Los cuatro jinetes del Apocalipsis. Beato de la Universidad de Valladolid

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Los cuatro jinetes del Apocalipsis. Beato de la Universidad de Valladolid. Pergamino iluminado. Siglo X (970). Biblioteca de la Universidad de Valladolid. Fuente: Universidad de Valladolid. link.

En la decadencia del imperio romano el arte volvió a retomar su antigua tendencia esquemática olvidándose de sus referentes naturales para incidir nuevamente en los contenidos simbólicos, iniciándose un proceso de abandono del mimetismo que culminó en la Edad Media.

La fe en el progreso humano, el optimismo intelectual y la curiosidad que había caracterizado el periodo clásico, desapareció casi por completo en el helenismo tardío, desplazado por la visión más oriental de la subordinación humana al poder abrumador de lo sobrenatural.

Bajo el impacto de las invasiones bárbaras, el imperio romano se derrumbó y la iglesia cristiana fue la institución que mantuvo la herencia cultural clásica en los monasterios y universidades. El cristianismo desarrolló su doctrina partiendo del platonismo con una diferencia, si Platón basaba el conocimiento humano en dos fuentes: la experiencia sensorial (en la que no se puede confiar) y la percepción de las Ideas eternas, única fuente de conocimiento seguro (que, aunque es innato al hombre, está olvidado y requiere reaprenderlo), San Agustín (354-430 d.C.) añadía que no es posible que el hombre tenga idea alguna que no le fuere dictada por Dios, sumando así una tercera fuente de conocimiento: la revelación divina. La sola fe ya daba suficientes conocimientos y la salvación del alma era mucho más importante que el mundo material, pues éste era un paréntesis mientras se esperaba la muerte para llegar al verdadero reino (el de los cielos), perdiéndose así el interés por la comprensión de los fenómenos naturales.

Después del siglo IV la tendencia mimética de la pintura se descompuso y la ilusión espacial desapareció de la pintura pues el arte debía ser una experiencia mística y una herramienta de difusión de la religión, de sus dogmas y de su concepción del mundo como lugar de paso hacia la otra vida, la “verdadera”. La sociedad perdió el interés por la representación del mundo material y la función del arte pasó a ser didáctica debiendo mostrar a los que lo contemplaban lo que no se ve de la realidad, la verdad espiritual de la existencia y no la verosimilitud de la apariencia. En este ambiente cultural el arte mimético, que pretende representar el mundo tal como se ofrece a la vista, no tenía sentido y los horizontes desaparecieron de la iconografía artística, quedando solamente como recuerdo los círculos o bandas que representan los límites de las esferas celestes que constituían el Cosmos aristotélico.

El breviario del amor. Matfre Ermengauen. 1er cuarto del siglo XIV. El Universo aristotélicos movido por los ángeles que le hacen girar empujando el círculo de las estrellas fijas. En su interior los círculos que representan las órbitas de los planetas visibles a ojo desnudo, todos moviéndose alrededor de nuestro planeta, compuesto por tierra, aire, fuego y agua. Fuente: British Library. Londres. link.

En la Edad Media cambió el concepto de la superficie pictórica. De ser un plano inmaterial donde se proyecta el simulacro de una experiencia de los sentidos, una visión, adquirió de nuevo materialidad y pasó a ser el soporte de figuras simbólicas donde no se pretende ilusión alguna sino reflejar la objetividad religiosa y supraindividual. La propia materialidad de la superficie pictórica posibilitó su transformación en soporte de signos que simbolizan lo que se cree que "es" la vida -en relación con la religión-, y no su apariencia. Esto se refleja en la ilustración del Beato de la Universidad de ValladolidLos cuatro jinetes del Apocalipsis, pergamino iluminado del siglo X, donde el iluminador no busca proyectar una escena vista en un espacio más o menos singular si no representar una idea mental: la llegada a nuestro mundo de los ángeles apocalípticos procedentes del Cielo, del Cosmos. Así que las bandas coloreadas sobre las que se sitúan los jinetes no representan horizontes visuales, sino que simbolizan los límites de las antiguas esferas celestes a través de las cuales cabalgan los ángeles en su viaje hacia nuestra dimensión terrestre.